La primera novela gráfica de Aitor Saraiba cuenta algo tan inmediato y extraordinario como su propia vida. Hay ternura y dolor en 'El hijo del Legionario' (Edicions de Ponent), un valiente relato que funciona al mismo tiempo como retrato del joven artista y como biografía del hombre. Por sus luminosas páginas discurren una infancia marcada por la ausencia del padre, la solitaria adolescencia de un chaval diferente, la libertad irrepetible de los viajes iniciáticos y, por supuesto, la catarsis del primer amor. Pero también el excitante hallazgo del propio talento y los libros y las canciones que han ido alimentando el estilo, sólo en apariencia sencillo, de los dibujos del ilustrador.
La primorosa edición del cómic respeta la espontaneidad de unos textos titubeantes plagados de tachones y de unos dibujos de trazo infantil que parecen hechos a vuelapluma. Es esa inmediatez la que multiplica las emociones que salpican el relato. Hay una rara sabiduría, casi diríamos accidental, en la selección de los hechos narrados y en la economía de medios plásticos con la cual se resuelven los episodios más dramáticos. A Saraiba le bastan una frase desnuda y unas manchas de color para encogernos el alma, pero también resulta divertidísimo al rememorar detalles tontos cuyo encanto rebosa de las páginas.
Quienes hayan conocido al autor en alguna de las aventuras expositivas en las que se ha embarcado desde que diera a conocer su obra en una célebre fiesta de travestis de la capital, se reencontrarán aquí con un artista que nunca ha dejado de hablar de sí mismo a través de sus ilustraciones. Los demás tienen una ocasión perfecta para descubrir la potencia comunicativa de su cálido talento.