Chardin en el Prado.
Este año les he ahorrado el comentario sobre ARCO, incluso me he ahorrado yo mismo la visita. O casi, o no la visita, desde luego, de aquel que va en busca de lo novísimo en cuestiones artísticas a la feria para darse de bruces, como decía Benjamin, con el mismo infierno en la novedad - y no sólo por el sofocante calor de algunos stands, y no precisamente porque allí, una vez más, pareciera estarse cociendo nada más, o mejor, que los cerebelos de algunos de esos que me empeño en llamar ladrones siempre pendientes de echar mano a las carteras ajenas - y si es la de la institución, mejor que mejor.
Este año decidí ir de aficionado, y haciéndome caso a mi mismo, seguí la recomendación de ir a la feria del brazo de mi abuela, aficionada al arte, que es lo mejor que puede acompañar a la mirada eternamente displicente y desasosegada del crítico y los verdaderos esfuerzos - igual de ahí venía el sofocón- por tratar de ver algún sentido en lo que ni dentro ni fuera de la obra de arte lo tiene.
Mi abuela, obviamente, salió medio espantada y me pidió que fuésemos esa misma tarde a ver la exposición recién inaugurada de Chardin en el Museo del Prado - "cosas de abuela", que podría pensar uno. Sin embargo, la visita a la pequeña pero contundente muestra distaba mucho del empalago que podía suponer otra exposición de bodegones, siempre tan caros al gusto general del público - y es que el Prado y la Thyssen saben que sin las abuelas el arte no sobreviviría hoy en día, que los modernos son rácanos y que las colas sólo se hacen por ver tiernos bodegones.
La muestra de Chardin sorprende por todo; por lo desconocido del autor en nuestro país, por la serenidad que deja la misma en el ánimo, y por lo sorprendente y maravilloso de la "dama pintura" que renace en muestras como éstas, en la que hasta lo más insignificante, y hasta repugnante - porque los pescaditos a los que se acercan golosos los gatos la verdad es que apestan hasta en pintura- se convierte realmente en maravilla sobre el lienzo. ¿Qué me habrá pasado - me pregunto al salir de la muestra- para haber disfrutado más de esta exposición que de los terrores de la feria? ¿Me estoy haciendo mayor?
Es mucho más sencillo. Mientras realizaba la sempiterna visita a la tienda de souvenirs del Museo, vi a un grupo de señoras volviendo locos a los empleados de la tienda preguntando por "Charlie", ese que estaba en las marquesinas del Paseo del Prado. "¿Chardin?". "No. Charlie, ese que pone fuera. Está el cuadro que hemos visto en su exposición, del chico con el lápiz, y al lado otro de un chico así joven, con buena planta...- casi susurrando- .. desnudo..." . "¡Ah! ¡Ustedes quieren ver el Adán de Durero!". No quise seguir espiando, porque ya sólo podía pensar en el pobre jefe de sala que se encontrara con esa jauría de señoras que iban a ver el «Adán» como quien va a un boys con las amigas. Y dándole vueltas al asunto, acabé por darme cuenta que, quizá, al contrario de las visiones infernales de ARCO, lo que había conseguido Chardin era que me emocionara con cosas cotidianas, "infraordinarias" que diría Perec - y parecía también él tan moderno.
Y yo empeñándome en ser critico, y en explicarle a mi abuela que Chardín no había tenido formación y que los críticos de su época le decían que pintar imitando la realidad es pintar como un mono. Por eso me encanta su mono pintor. Y por eso él, moderno a su manera, también pinta junto al mono anticuario, el mono connaisseur, que va a las ferias y a las exposiciones pintando como Chardín, por imitación, en lugar de ir a ver las exposiciones que quizá más fascinantes sean, o a ver el Adán de Durero - tan pichi él-, poniendo en evidencia que, aunque queramos cocernos la sesera con teorías, críticas y toda clase de estupideces en torno al arte, al final, lo que nos gusta ver en los cuadros y en las obras es lo mismo que nos gusta ver en la vida real - en nuestros platos, en nuestras camas... Pienso en las 'Gestas y Opiniones del Doctor Faustroll' de Alfred Jarry, y en los gritos a su sirviente-mono en un mundo en el que toda la humanidad ha sido sustituida por obras de arte: "Arrodíllate y lame los escupitajos que el público a lanzado frente a Olimpia".