'Io sono l'amore' reivindica la potencia emocional de un cine puro despojado de tentaciones literarias y concesiones comerciales.
Uno acude al cine atraído por el poderoso carisma interpretativo de Tilda Swinton y se encuentra con una absorbente tragedia romántica que parte de la mejor tradición dramática italiana para entonar un canto al amor tan refinado como radical. ‘Io sono l'amore' toma su título del aria 'La Mamma Morta' de la ópera 'Andrea Chenier', y reivindica como ésta el ardiente poder purificador de la pasión frente a la desgracia.
La vieja historia de la tradición derribada por el deseo toma aquí como heroína a Emma Recchi, recta y después adúltera madre de familia de origen ruso en una saga de herederos de la aristocracia italiana. Emma tiene el rostro y el fabuloso esqueleto de la Swinton: un prodigio de valentía escénica; más que una actriz, un género en sí mismo.
El ensimismamiento y la sensualidad de las imágenes más románticas -rodadas en una factura que Swinton compara con "un Visconti de ácido"- se quiebra por arrebatados crescendos dramáticos con tintes hitchcockianos que llegan a su mejor expresión en el último tramo del filme, un túnel de clima opresivo en el que las palabras caen como balas de plomo antes de la emocionante, muda, bellísima catarsis final.
El desenlace debe mucho a la penúltima película de Louis Malle, 'Herida' (1992), si bien la originalidad de la narración de Luca Guadagnini se defiende sola gracias al vuelo poético de su lenguaje visual, con esa cámara majestuosa alzándose sobre la arquitectura y las calles de Milán para reducir a los protagonistas a la condición de meros insectos arrastrados por el destino.
Y luego está la espléndida mansión de los Recchi, caracterizada como un personaje más para materializar el entorno opresivo de la familia, con sus recurrentes cortinajes y escaleras y pasillos y puertas, con sus propios tentáculos en los laboriosos y mudos sirvientes, en contraste con el despojado entorno natural donde Emma Recchi dará rienda suelta a sus apetitos carnales en unas escenas de sexo prodigiosamente resueltas.
Además del análisis femenino y del sutil retrato de familia, trasciende el ácido comentario social sobre una aristocracia condenada a la extinción, aunque es cierto que Guadagnini no evita la delectación a la hora de describir los rituales del poder. El entorno de la alta burguesía milanesa está minuciosamente recreado en todas las derivaciones posibles de un lujo suntuosamente arropado en tapices, maderas nobles, conversaciones en voz queda, luces tenues y platos capaces de conducir al orgasmo, además de por el admirable vestuario de Jil Sander, Fendi y Ferragamo aderezado con joyas de Damiani. Pura belleza en movimiento.