Se cumplen diez años de la primera publicación de J.T. Leroy.
La publicación de ‘Sarah', de un desconocido J.T. Leroy en 2000, eclipsó a casi cualquier otra novedad literaria en el panorama internacional. Fue saludada por autores de la magnitud de Chuck Palahniuk, o Dennis Cooper, y vendió miles de ejemplares en todo el globo. Muy pronto, el interés suscitado por la identidad de su autor acabó desplazando a la atención que el manuscrito había generado, y los sinsabores de una vida marcada por la juventud y la precocidad, el travestismo, la prostitución, las drogas y el VIH, construyeron un mito que se adelantó a cualquier nueva publicación del autor. J.T. Leroy no vaciló a la hora de reconocer que se había decidido a publicar alentado por su psiquiatra, quien supo identificar tanto el potencial artístico del joven como su filón comercial.
Dos nuevos libros y el escándalo estalló: ‘The New Yorker' puso en la picota lo que ya algunas voces venían insinuando a lo largo de los últimos meses. J.T. Leroy era, en realidad, el seudónimo adoptado por una discreta ama de casa mediana edad a fin de preservar su identidad y no ser tachada de frívola. Aquellos que habían encumbrado sus obras por sus indiscutibles virtudes literarias, y también por el morbo que producía la aureola de malditismo de J.T. Leroy, no tardaron en retractarse de sus elogios y expresar su decepción públicamente.
A pesar de todo esto, ‘Sarah' sigue pareciéndome una novela más que recomendable, si lo que se busca es una lectura desprejuiciada y ágil, bella y dolorida, que tontea con la literatura de consumo y con la trascendencia de la alta literatura. Su mayor logro no reside en la descripción de sórdidas escenas sexuales, sino en la articulación de un metal de voz tan impostado como el del propio Lázaro de Tormes, atormentado y conflictivo per se. Sin saber nada de escándalos ni de estrategias comerciales.