No sé si será porque me crié entre Moratalaz y Vallecas - donde, durante los ochenta, las madres temían que jugando entre los arbustos nos fuéramos a clavar una jeringa-; porque después me he mudado a la parada oficial de la que salen las cundas en Madrid - enfrente, por cierto, de La Casa Encendida- o porque realmente, y mal que me pese, el género quinqui me da un morbo irracional - las camisitas estrechas de los setenta y los apretadísimos campana es lo que tienen-, pero debe ir ya por la tercera visita que hago a la exposición 'Quinquis de los 80'.
La muestra, en la Casa Encendida hasta el 29 de agosto de 2010, lleva el subtítulo 'Cine, Prensa y Calle', un título desde todo punto de vista acertado pues es en estos tres campos donde la figura del Quinqui (o, lo que viene a ser lo mismo, el delincuente juvenil cercano al mundo de la droga) tuvo una importantísima presencia en nuestro país. Figura típicamente nacional, mezcla del ratero común y de las minorías étnicas, quizá su único paralelo actual se encontraría en la figura de la "white trash" londinense - en barriadas poligoneras plagadas de paro. Quizá, no obstante, hubiese sido más acertado llamarlos "Quinquis de la Transición", pues el fenómeno se dió entre 1978 y 1985 y sin lugar a dudas fue el más claro reflejo de la situación de nuestro país, con sus urgencias sociales, políticas e ideológicas, estallando con la nueva democracia.
La retroalimentación entre el cine y la prensa que muestra la exposición, así como la relación del fenómeno con el cómic y el fanzine están -además de muy bien explicadas por Eloy Fernández Porta en el catálogo de la exposición- perfectamente encuadradas sobre las paredes, rescatando de la memorabilia y los periódicos los más espeluznantes - y hasta ridículos- titulares amarillistas; "Mi hijo nació drogadicto", o "Papá, dame dinero para droga", son algunos de los mensajes que desde las portadas más bizarras salpicaba, incluso, a estrellas de la época como el jovencísimo - y guapísimo- Miguel Bosé.
En definitiva, que las comisarias de la muestra, Amanda y Mery Cuesta, han hecho un excelente trabajo de recopilación y documentación recreando icluso - vala la redundancia- los recreativos "Maravillas" en los que desde la Rockola se pueden escuchar éxitos de los Chichos, Las Grecas o Los Chunguitos - género nada chico de nuestro país. Sólo se hecha en falta, eso sí, la contextualización del género cinematográfico quinqui con las "urgencias" - personales, más que colectivas- de autores como Eloy de la Iglesia, pionero en mostrar la homosexualidad en el cine de nuestro país desde una nueva forma de mirar. Pero para eso, no obstante, tenemos la joya casi recién editada de Alejandro Melero Salvador: "Los Placeres Ocultos". Gays y lesbianas en el cine español de la Transición". Para no perdérselo. Ni el libro ni, por supuesto, la exposición.