La cuestión es sencilla: matar al padre. Cagarse en él, pegarle, insultarle, llamarle soplapollas en 24 variaciones Goldberg. Ahí está la cuestión, de ahí parte la cuestión: del Kantor de Leipzig (su señoría Johann Sebastian Bach). De Bach padre a Benhard Bach -uno de los veinte hijos que el maestro tuvo-, pasando por David Fernández, el actor, bailarín y músico que dispara dardos envenados a su progenitor en 'El corazón, la boca, los hechos y la vida'.
Dicen las cartas de la época que Benhard no llevó muy bien la figura magna, todopoderosa de su padre. Con tan sólo 24 años, arruinado y devorado por el Saturno Musical, muere lejos de su hogar y con una sonrisa congelada en la cara, como de violonchelo bobo. Así que David Fernández se compadece del triste Benhard y se caga, se ciber-caga, en Bach padre, en su padre, en todos los padres, en lo paternal, en papá Estado. Lo posmoderno del asunto se vuelve chiste cuando descubrimos que el padre de nuestro performer es Bruno, aquel ídolo teen que interpretó en Verano Azul el cantante Gonzalo.
Lo cierto es que David Fernández, con un planteamiento inicial bastante claro y demoledor, consigue la interacción del público a través de unos chascarrillos ciber-tecnológicos muy bien pensados y modelados. Su obra tiene más que ver con la performance ácida y llena de humor corrosivo, que con un texto dramático bien armado. Su fisicidad, el lenguaje musical agresivo con un violonchelo hecho cáscara, esqueleto-violonchelo, los textos y las acotaciones lanzados al espacio teatral a través de grabaciones, aparatos domésticos de ultimísima generación y una pequeña pantalla perfectamente programada, son reflejo de la lucha intergeneracional que puebla nuestro universo esquizoide. El actor, con larga experiencia en propuestas innovadoras, adolece, sobre todo al final del montaje (quizá la parte más televisivamente divertida) en caer preso de sus propios chistes, en volver a los brazos de papá. Demasiada bronca al principio para tan agridulce final. Saturno seguirá devorando a sus hijos por los siglos de los siglos. Lo bueno es que, para entonces, David Fernández nos ha ganado, y cierta verdad resplandece, aunque sea digitalmente, entre tanta estética neo-ciber-software contemporánea.