Retumban aún, como en un fuera de campo imaginado, los tacones de Rosa, que con cara de acelga interpreta sabiamente Carmen Machi. 'La mujer sin piano', el segundo largometraje de Javier Rebollo, es una fábula que trata del escapismo y de esos finísimos minutos de felicidad (desconcertantes) que se cuelan en la miseria del día a día. Una peluca, una maleta y unos tacones le sirven a nuestro personaje para comprender su puesta en escena y su misión en un Madrid nocturno, con olor a fritanga y demasiado regulado. Rebollo sabe sacarle el jugo (ácido) a la capital, tantas veces, últimamente, olvidada por nuestros cineastas. Madrid es el Imperio de los no-elegidos, de los resignados, de los olvidados y de los bendecidos por la rutina. Precisamente la ciudad, su morfología, es el escenario perfecto para que el milagro diegético se produzca; lo asegura Rebollo, el sitio donde todo se revela es el rodaje, el momento exacto, el asfalto elegido.
Pero... los tacones. Son el asidero, la imagen perfecta, el ruido iniciático a la aventura de la noche, aunque ésta esté poblada, tan sólo, de personajes anónimos, sombras y ríos de coñac. Se podría hablar aquí de lo no dicho, de lo callado, de hacer visible lo invisible por medio de mecanismos muy rohmerianos, de los defectos y aciertos de un filme que, al menos, es sincero consigo mismo, con la retórica habitual de Rebollo -hombre de citas y citas, leído y releído, que da gusto escuchar en ocasiones y en otras puede ser una carraca estilística-, y del encuentro del drama cotidiano con ese humor denominado absurdo. Sin embargo, el viaje de la protagonista en la segunda parte del filme es la ruta sagrada que ha de recorrer esta mujer para toparse, sin que nosotros lo veamos, con ese obscuro objeto del deseo: un piano. Añadimos con sorna y ordinariez: un piano de cola.
Pero he aquí los tacones de Rosa claveteando las calles de Lavapiés: laberinto recorrido por la que quiere ser Otra. El tacón, elemento (trans)femenino debidamente explotado por el cine, falla como corsé castrante en el nuevo disfraz de Rosa. Si los tacones almodovarianos de Carmen Maura en 'La ley del deseo', o más aún los de Marisa Paredes en, como no, 'Tacones lejanos' y 'La Flor de mi secreto' -incapaz de andar con ellos por una alucinatoria Plaza Mayor- son herramientas clave para el melodrama estilizado del manchego, los que modela Javier Rebollo para Rosa están hechos para una sola noche. Una sola: esa en la que parece que todo va a cambiar para seguir igual.