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La cinta blanca de Michael Haneke

Nico Grijalba de la Calle

Anteinfierno 1913

Con toda la gravedad que supone comenzar con un fondo negro, con un pesado silencio, en un cuadriculado marco, y con una voz en off que asegura "Ignoro si la historia que os quiero contar es enteramente verídica, la conozco parcialmente de oídas", 'La Cinta Blanca' se ha convertido ya en otro clásico -los más atrevidos etiquetadores del reino hablan de obra maestra- del austriaco Michael Haneke.

Pues eso, que ha vuelto Haneke, el destripador de almas, si es que las almas tienen tripas, y vuelve con un filme que se alzó, en el pasado festival de Cannes, con la Palma de Oro. Ha vuelto Haneke en blanco y negro, tan realista como diseccionar una mosca a plena luz del día, con su figura como de personaje monacal. La Cinta Blanca, poblada de niños y de violencia, rodeada de buenas costumbres podridas y mejores sentimientos hundidos, es un filme sobre la violencia, la represión, la sumisión y la anulación. Pensemos en un manzano rebosante de manzanas, donde parece que nada pasa, que todo está bien; pero un buen día, al ponerse el sol, uno de sus frutos aparece ligeramente podrido por una de sus caras. La contaminación del resto es ya imparable, en menos de tres días, bajo el cielo azul típico del invierno, el manzano habrá sucumbido a su bíblica plaga. Todas sus manzanas estarán tiñosas. Se devorarán entre sí. Pero Haneke no gusta de manzanas (la Biblia sí), así que sus frutos tienen boca y ojos, brazos y piernas, y viven en este pueblo protestante del norte de Alemania durante los meses anteriores a la I Guerra Mundial. Sin contundencia narrativa, insinuando más que mostrando -la muerte y la violencia en este Haneke se perfilan en los ojos y en las intenciones, dentro de cada casa, con las puertas cerradas, y en la mente del espectador-, La Cinta Blanca es el resultado del puritanismo, de los castigos y las vergüenzas, de la pureza. La pureza redentora, la pureza angelical, produce monstruos. Pero también esos monstruos llevan nuestros ojos y nuestra boca, nuestros brazos y nuestras piernas. Tras la infancia enjaulada y maniatada, un bigote cautivador y mínimo, casi ridículo pero puro, el de un astuto Hitler, domará a las ya adultas fieras. Tienen hambre.

De nuevo Haneke logra hacer sublime las interpretaciones. Todos sus personajes, en especial las mujeres y los niños, son incontestablemente verdad. (Aunque nuestra verdad sea diegética y artificiosa, pero también lo es en cierta manera nuestra vida y aquí no hay crítico que lo rebuzne). Las mujeres, anónimas y entregadas, vendidas y dolorosas, ignoradas y manchadas por el primer pecado (apareció, de nuevo, la manzana). Los niños, los únicos que sí tienen nombre en el filme, cobayas rubias de ojos profundos que aguantan primeros planos como santitos protestantes inmaculados. La escena en la que uno de ellos interroga a una adolescente sobre qué es la muerte, que es estar muerto, dónde está su madre y si él también morirá, es un perturbador momento lleno de belleza y austera sinceridad.

Todo sucede en 1913. 1913 fue ayer...

 

 

 

 

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1 Comentarios


  • Carlos — Dijo el 31/12/2010 6:00pm

    Hoy vi esta pelicula al fin y puedo decir que esta critica es certera, casi tanto como la crudeza del filme. ( Hace 1 año )

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