Las cruces cristianas de occidente ahora llegan en helicóptero a las montañas de Bolivia.
Nuestro mundo puede ser contemplado desde infinitas perspectivas, entre las que una mirada postcolonialista surge con cierta frecuencia en las últimas décadas. Para Icíar Bollaín es ésta la elección expresa, si bien quizás no exhaustivamente coherente en algunos momentos de su última película, sentada tras el visor, rodando el film que la Academia de Cine ha seleccionado como representante de España en los premios Oscar: 'También la lluvia'. La visión de la directora española se verá acompañada de aquellas de los personajes de la película en un discurso más armónico que polifónico, cuyo contrapunto encontraremos en el entorno de la cinta.
En el siglo XV, Cristobal Colón descubre a los ojos del imperio español que aquel "nuevo mundo" -un territorio que él había hecho aparecer, nuevo, en el mapa- podría surtirles de oro; sólo hacía falta que quienes poblaban aquellas tierras "salvajes" se adaptasen a la forma de comprender de occidente y se supiesen irrevocablemente encerrados en el fondo de la pirámide social. El sabio hombre blanco europeo era, sin duda, el único capaz de comprender la posición de aquel continente en el sistema mundial; como también sólo él puede resolver la repartición del agua -incluso aquella caída del cielo, el nuevo oro- en Bolivia, que debe comprenderse como un fragmento del sistema imperialista cultural, que casi permite a compañías extrajeras hacerse con el control de la distribución y comercialización del agua en el país, provocando la Guerra del agua de Cochabamba en enero del año 2000.
Poco antes de esa guerra llega a Bolivia el equipo de producción de la película cuyo rodaje narra 'También la lluvia', y que acabará protagonizando uno de los líderes de las revueltas contra la privatización del agua, encarnando al indígena que dirige la revuelta contra los conquistadores; el personaje del actor boliviano Carlos Aduviri no tiene más remedio que ser un sumiso cultural profesional, guardando una ración del romanticismo de un gerrillero. Del otro lado está Luis Tosar -asiduo en los rodajes de Bollaín-, que da vida a un productor español seducido por un rodaje barato en una Bolivia que, a los ojos de un europeo, parece no presentar diferencias con el paisaje costero que encontrarían los conquistadores españoles. Gael García Bernal es en cambio un director ingenuo que cree en la causa de su película, afanado en mostrar la resistencia al maltrato de los indígenas capitaneada por algunos eclesiásticos españoles. Contra esta visión se rebelará el actor encargado de representar a Colón, que pronuncia en medio de una cena del equipo artístico el único enunciado que desgrana coherentemente las diferentes consideraciones imperialistas de los allí reunidos.
Todo esto confluye en una película que dirige una española, que escribe el inglés Paul Laverti -docto en esas historias que llaman comprometidas como guionista de Ken Loach-, que protagoniza una mexicana estrella del cine formada en Londres -objeto del deseo de millones de adolescentes tras su caliente debut en 'Y tu mamá también'- y que se mostrará a un grupo de norteamericanos para que decidan si merece el reconocimiento que en Los Ángeles recogerán vestidos de una firma italiana. Un poco antes, los sesudos europeos como un servidor ya han salido de la sala de cine frotándose el mentón y pensando cosas dificilísimas sobre la película, incluso sobre la lluvia.