Annette Merrild o una de las postpornografías posibles.
En un paseo, a la vera de la Biblioteca Nacional, guarida de la historia de cómo nos hemos contado las cosas en este mundo, se encuentra la Galería Eva Ruiz, que alberga hasta finales de marzo la exposición '265' de Annette Merrild (1972, Copenhague), que intenta pensar sobre, al menos, una de esas maneras de relatarlos el mundo, la pornografía.
La historia de la representación es ya suficientemente gruesa como para que podamos visitarla desde su futuro, que es nuestro hoy. Entre las maneras que este mundo ha creado para reconocerse mediante el relato de si mismo, encontramos a la pornografía, como la narración de la sexualidad -la real o la posible, como un documento testigo, pero también precursor- a través de medios de representación; una pornografía sometida a un control institucional que atañe a su producción y consumo, y que propone el único modelo masturbatorio del hombre occidental blanco heterosexual. En cambio, en el siglo XXI ya no no es extraño que surjan discursos que exijan la creación de representaciones de grupos de minorías y sub-culturas, que pidan formar parte del mecanismo productor y consumidor de relatos; la respuesta a la mala pornografía no es en absoluto su abolición, sino la producción de buen porno para su consumo, afirmaba Annie Sprinkle, toda una precursora en estas cosas del postporno. Así, la postpornografía puede ser entendida como una reacción crítica al porno institucional, basada en una historia de sub-culturas, que propone otro tipo de representaciones no dominantes.
Es necesario pasar por la comprensión de esta realidad de confrontación del control y la respuesta al mismo para poder enmarcar el trabajo de la joven artista danesa afincada en Barcelona. En '265', ella recopila tantas imágenes de mujeres en la pornografía institucional como promete su título para, posteriormente, trabajarlas mediante una superposición de capas, eminentemente matéricas, que velan el contenido original, proponiendo una visión trastocada de los cuerpos allí mostrados. Ocultando la carnación suculenta de la piel, dibujando un denso pelo blanco sobre toda la figura en una suerte de hombre de las nieves o resaltando las cuerdas en una fantasía bondage, estas imágenes dejan de estar dirigidas al ojo que lo estuvieron sus originales pornográficos institucionales, pero siguen hablando de sexo, de atracción o de filias.
En cambio, cabe mentar que, quizás, la propuesta de Merrild peca de falta de consciencia sobre si misma -algo comprensible en una artista que muestra su primer acercamiento a la pornografía, habiendo propuesto muy diferentes proyectos anteriormente- y una cierta despolitización de un tema eminentemente político para hacer primar su vertiente pictórica. Es difícil ver dentro de '265' los movimientos feministas, post-feministas y pro-sexo que han hecho posible una verdadera reflexión crítica entorno a la pornografía, mediante una apropiación efectiva de unos códigos, para arrebatárselos al sistema imperante y servirse de ellos para visibilizar subculturas.
Aún así, agrada la labor coherente de los galeristas, que completan la muestra con dos pequeñas instalaciones en vídeo donde podemos acercarnos a mirar a través de un pequeño orificio, como en prototípicas formas de pornografía decimonónica; o quizás en este siglo XXI, y hablando de postpornografía, ¿no deberían más bien los agujeros en los muros recordarnos a los glory holes?