Aterriza en el Museo Oceanográfico de Mónaco - qué apropiado- el más acaudalado de los artistas vivos: Damien Hirst. Y lo hace con una retrospectiva, ‘Cornucopia', que repasa su carrera desde los tiempos de ‘Sensation' y los aires de desenfadada renovación de los YBA (Young British Artists) de la Saatchi londinense, hasta su última obra, fndamentalmente pinturas de publicitarios círculos multicolores y pinturas de enorme fomato - algo pesaditas, todo hay que decirlo.
Pero no se preocupen, que el "Hirst" que todo el mundo espera, allí está. Está su famoso "tiburón de los doce millones de euros" - un poco de segunda mano, ya saben que el original se pudrió en su urna-; están sus organismos disecados, sus cadáveres en vitrina, sus brillantes calaveras de diamantes (que, por cierto, si se animan pueden fabricarse ustedes mismos por un par de dólares con sólo pinchar aquí) y sus pinturas que, como todo en su obra, tienen como fondo la muerte.
Y es que ya se sabe que no hay nada tan caro como morirse; quizá por eso, entre otras cosas, los artistas que más nos han fascinado - y quienes mayores beneficios han sacado de ello, por cierto- son aquellos que mejor han sabido escenificar la muerte - Hirst, Warhol, Boltanski...-. No parecen, sin embargo, las obras del inglés tan desorbitadas de precio viéndolas en Mónaco, paraíso fiscal en el que cada noche su casino - unas Vegas pequeñas y con aire de vieja Europa- mueven más euros que habitantes tiene el principado.
Con Hirst, Mónaco no se la ha jugado. La apuesta era casi segura y el Oceanográfico sabe de buena tinta que desde el 2 de abril que inauguró, hasta el 3 de septiembre que cierre esta muestra, saldrá cada uno de los días de esta temporada alta el número 7 en la ruleta - the lucky number.