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‘Copie conforme’ de Abbas Kiarostami o el cine como copia

Alberto García del Castillo

Cuestionando lo verdadero en el cine.

En una pequeña sala de conferencias de un apartado hotel de la Toscana italiana, el escritor inglés se excusa por no ser una eminencia en el mundo del arte mientras propone a los asistentes la teoría que desarrolla en su última obra, donde se lanza a defender el valor de la copia del arte incluso antes de su época de reproductibilidad técnica.

Así comienza la carrera entorno a la ficción el último filme del cineasta iraní Abbas Kiarostami, 'Copie conforme', que por primera vez ha rodado fuera de su país natal para construir la historia de la comisaria de arte y antigüedades interpretada por Juliette Binoche y el escritor al que nos referíamos, encarnado William Shimell. Ella ya conoce la obra que el británico presenta en su pequeño discurso y se ofrecerá a mostrarle la Toscana -que es la tierra que acoge a la francesa de la historia- a cambio de unas cuantas dedicatorias sobre la primera página de varios ejemplares. Lo que parece una historia banal ya se anuncia en los primeros minutos de la cinta -durante la rueda de prensa en el hotel- como un ejercicio de reflexión, como un pensamiento que ha de retorcerse sobre sí mismo para ser capaz de salir del embrollo en el que voluntariamente se sumerge.

La Toscana, el calor -que ciertas veces hace que veamos ondular el aire sobre la tierra marrón- y los habitantes de la región serán detonante y excusa de las cuestiones que Kiarostami se preguntará alrededor del mundo real y la copia del mismo, de la realidad y la ficción, de la ficción y la mentira dentro de ella, del valor de la copia y, en fin, del estatus de la ficción cinematográfica. Todo un trabajo de reflexión sobre lo cinematográfico, que le es propio al cineasta iraní.

Ausente el escritor, Juliette Binoche será interpelada por una anciana camarera y la nueva versión de la realidad que tan sólo atisba -y ciertamente inventa- dicha señora jugará el papel de detonante que provoca una reacción en cadena que hace temblar y volverse del revés los cimientos que sustentan la historia que, en la ficción, se antoja como real. La mirada nítida sobre los hechos se vuelve entonces más y más compleja. Debe entonces entenderse lo borroso de la realidad como un placer para el espectador, gozo al que se suma la belleza de las lenguas no maternas, que no se dirigen con firmeza, sino que son algo libres en los labios de quien las habla; un juego que se explicita especialmente en el personaje de Juliette Binoche, que, por momentos, parece ser ella misma y, a veces, cualquier otra persona.

El filme, seleccionado para el Festival de Cannes y que no verá la luz en el país del que es originario su director por problemas de censura, se convierte según avanza en un delicioso discurso sobre lo que es la realidad del cine y de su narrativa, un cuento sobre cómo el hombre siempre necesita contar pequeñas historias -aunque algunos las llamen mentiras-.

 

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