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La Masa 2.0 aterriza en nuestras pantallas como confirmación de una posible edad de oro para el superhéroe cinematográfico en general, y para las películas Marvel en particular. Sin duda, el futuro es gamma.

Es posible que aún sea pronto para que nos demos cuenta, pero el primer vuelo de Iron Man en la gran pantalla fue el inicio de algo grande: por primera vez, una gran producción basada en un superhéroe relativamente desconocido por el gran público se convertía en un éxito rotundo. La película de Jon Favreau supuso, también, la primera piedra de una nueva y ambiciosa estrategia por parte de Marvel, empeñada en convertir sus adaptaciones cinematográficas en una versión más grande que la vida de su complejo universo tebeístico (ahí estaba, por ejemplo, ese Nick Furia anunciando lo que vendrá al final de los créditos). El siguiente paso era crítico y tremendamente peligroso: resetear uno de los grandes iconos en la memoria del aficionado, es decir, volver a estrenar un “Hulk” sin tener en cuenta la adaptación que Ang Lee filmó hace ya cinco años. Por fortuna, Marvel ha vuelto a dar en el clavo: es posible que “El increíble Hulk” no sea esa película de superhéroes definitiva que el estudio anhela, pero es un paso de gigante (verde) en la dirección adecuada.

Conviene dejar claro que esta nueva versión no supone una renovación radical de la que vimos en 2003, sino una suerte de secuela apócrifa en la que el director Louis Leterrier y el actor (¡y co-guionista!) Edward Norton pueden permitirse el lujo de resumir el origen del personaje en unos deliciosos créditos iniciales. Ambos manejan los mismos ingredientes que Lee en su blockbuster de autor, pero la mezcla es un poco distinta: se nota que Norton quiere profundizar en el arquetipo del doble oscuro, pero Leterrier y su soberbio olfato para la acción y el gran espectáculo acaban ganándole la partida. Para hacernos una idea, “El increíble Hulk” concluye con un sensacional festival de mamporros entre dos brutotes digitales, que utilizan Nueva York como su ring particular. Presencias secundarias de superlujo, guiños tamaño Abominación a los marvelitas y un epílogo prometedor acaban dando forma a un elegante blockbuster veraniego, aunque a la Casa de las Ideas aún le falte riesgo y locura para dar con la Gran Película Marvelita.

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LA PELÍCULA DE LA SEMANA 12: Sin piedad


Los miembros de un jurado deben decidir si un joven es culpable o no del horrible crimen del que se le acusa. Hasta aquí, más o menos, llegan las similitudes con el clásico de Sydney Lumet: esto es “Doce hombres sin piedad” como nunca antes la habías visto.

El texto teatral de Reginald Rose, excelentemente canalizado en 1957 por un director y una docena de actores en estado de gracia, ya se ha convertido casi en una situación típica, en algo que un crítico pedante podría calificar de relato mítico de nuestro tiempo, pero que quizá no sea otra cosa más que un cliché. Así, hemos visto recreaciones de “Doce hombres sin piedad” en los lugares más insospechados: aquel episodio de “Los Simpsons” en el que Homer votaba ‘inocente’ para poder pasar una semana gratis en un hotel, un especial de navidad de “Veronica Mars”, incluso una celebrada parodia de “Muchachada Nui” con Paris Hilton. A estas alturas, cabría preguntarse si queda algo que añadir sobre el texto original. El veterano director ruso Nikita Mikhalkov, ganador del Oscar a la mejor película extranjera en 1994 por “Quemado por el sol”, opina que sí, pero no ha optado por el camino fácil: su remake, “12”, es un áspero drama psicológico al que conviene acudir preparado para vivir una experiencia algo extenuante.

Quizá en un arrebato de megalomanía, Mikhalkov expande las deliberaciones del jurado hasta llegar casi a los 160 minutos (el original de Lumet duraba hora y media), por no hablar de sus traiciones manifiestas a esa fundamental y única regla no escrita de “Doce hombres sin piedad”: que la acción no abandone nunca la sala donde se reúnen los protagonistas. No obstante, pronto queda claro que la intención no es, ni mucho menos, la fidelidad absoluta al texto de Reginald Rose, sino otra muy distinta: Mikhalkov se establece sobre el lugar común para hablar de lo que realmente le interesa, es decir, de la actual situación de su país, donde el miedo al inmigrante (en este caso, checheno), el terrorismo, la política y la compleja psicología de los personajes acaban siendo los temas principales de este concierto de cámara. “12” no está exenta de polémica (algunos críticos rusos la han tachado de pura propaganda pro-Putin), pero es una prueba bastante sólida de que aún se puede encontrar vida más allá del cliché.

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Una screwball comedy que es, a la vez, un recorrido nostálgico por los orígenes del fútbol americano. ¿Dos universos antitéticos? No si el encargado de unirlos es George Clooney.

Pese a ser un director probadamente ambicioso, Clooney ha esperado hasta su tercera película tras las cámaras para construirse un proyecto de vanidad, un traje hecho a medida que resalte sus dotes como director y protagonista. El Dodge Conolly de “Ella es el partido” es, sin duda, un personaje que el actor nació para interpretar: suficientemente convincente como capitán maduro de un equipo de gañanes que ve cómo una joven estrella universitaria (John Krasinski) le empieza a quitar protagonismo… y a su chica (Renée Zellweger, que pone su delicadeza al servicio de una reportera arquetípica de la screwball comedy). Entonces, ¿es esta la película que Clooney nació para dirigir? Desgraciadamente, no: de hecho, se queda un paso por detrás del esplendor de “Confesiones de una mente peligrosa” y “Buenas noches, y buena suerte”.

Puede que el problema sea, precisamente, que la estrella de la saga “Ocean’s” no decidiera dejar el guión en unas manos con más experiencia en esto de dirigir comedia: su carisma frente a la pantalla está tan bien sintonizado como siempre, pero su talento para orquestar gags no está a la altura. Eso sí: los fans de la versión norteamericana de “The office” se congratularán al ver la consagración definitiva de Krasinski, que convierte su pelea con Dodge Conolly en un recital de humor físico increíblemente sofisticado. Al final, “Ella es el partido” se acaba pareciendo mucho a la que, probablemente, fuera su referencia de cabecera: “Crueldad intolerable”, de los hermanos Coen. O sea, que no es para nada una mala comedia (una con chistes de vacas nunca puede serlo), pero quizá sea mejor que el Clooney director abandonase los proyectos de vanidad y se centrase en lo que tan bien hizo en sus dos primeros trabajos: contar el lado oscuro de la cultura popular norteamericana y dejar su ego fuera de la ecuación.

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DEXTER Sangre para todos, al fin


Han tardado lo suyo pero por fin Cuatro se ha decidido a estrenar Dexter este mes de junio y nosotros lo celebramos. No solo por poder volver a disfrutar de nuestro serial killer favorito sino porque si hay una cadena que se caracteriza por tratar bien a sus series, esa es la de Sogecable. Pero Dex no vendrá solo, lo acompañarán Ugly Betty, Californication, Murder’s woman club y Cinco hermanos, aunque solo Betty y Dexter ocuparán un horario prime Time. por cierto, en una hora dan el final de House, no se olviden.

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La periódica (e inevitable) ración para multisalas del genio de Maine supone una refrescante sorpresa para el incondicional del terror con enjundia.

Desde que adquiriese (por un dólar) los derechos del relato corto “The woman in the room” para rodar uno de sus primeros cortometrajes, el director Frank Darabont ha tenido una muy estrecha relación creativa con el escritor Stephen King, que dio sus mejores frutos en la ya clásica “Cadena perpetua”. Sin embargo, Darabont no había hecho otra cosa que actuar como traductor del King más suave: el terror, género con el que asociamos automáticamente al autor de “Carrie”, aún no había entrado en la ecuación. Hasta ahora, claro: “La niebla” es horror puro, transparente, honesto y muy eficaz, algo que ya empezábamos a echar de menos en las pantallas. Darabont se olvida por completo del clasicismo de “La milla verde” o “The majestic”, optando en su lugar por una aproximación áspera (esa cámara en mano demuestra que aprendió un par de trucos en su fugaz paso por la serie “The shield”) y un final que sienta como un verdadero mazazo en la cara.

Resulta extraño que una cinta de horror demuestre tanta habilidad para combinar unos monstruos de serie Z (¡tentáculos gigantes!) con un subtexto que es pura sutilidad e inteligencia de género. La novela corta de King, escrita en los años ochenta, era lo suficientemente abstracta como para funcionar en todos los contextos: ahora mismo, “La niebla” cinematográfica se lee como una metáfora política, en la que los supervivientes de una pequeña comunidad norteamericana se tienen que ocultar en un supermercado ante el avance de una niebla sobrenatural y llena de peligros extravagantes. No obstante, y como suele ocurrir en estos casos, el verdadero mal tiene un rostro más humano: concretamente, el de Marcia Gay Harden y su muy reconocible fundamentalismo cristiano. Suerte que tenemos de nuestro lado un héroe tan convincente como Thomas Jane, auténtica carta en la manga de una película sólida, inusual y dotada de una precisión atmosférica muy lograda. Definitivamente, Frank Darabont ha dejado de ser sinónimo del King sensiblero.

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Toda presentación es innecesaria: el hombre del sombrero ha vuelto con una aventura que, lejos de devaluar la leyenda, la completa y enriquece. Cine en estado químicamente puro.

¡PÁRRAFO SIN SPOILERS!: Más que una película, la cuarta entrega de “Indiana Jones” ha sido un sueño colectivo, a lo largo de nada menos que 19 años. Ante semejante nivel de expectativas, lo primero que cabe preguntarse es si Spielberg, Lucas y Ford han estado a la altura o, por el contrario, han añadido una coda superflua a una trilogía impecable. Hay mucho que discutir a partir de aquí, pero solo un espectador armado con la coraza de la ironía y el descreimiento puede resistirse a esta montaña rusa del placer cinéfago. No es una película perfecta, tiene descompensaciones en su tramo final y algunos personajes interesantes no brillan todo lo que deberían, pero el torrente de magia que desborda cada escena aniquila todo error de nuestra memoria. “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” es un capítulo fundamental y plenamente satisfactorio en la vida de un héroe al que vemos en su etapa otoñal, pero no hay espacio para la reflexión crepuscular (ni para la ironía), sino solo para la emoción y la diversión pura.

¡PÁRRAFO CON SPOILRERS!: Es posible que Indy sea un icono incontestable hasta para los críticos más sesudos y sibaritas, pero no conviene olvidar que es, fundamentalmente, una celebración de lo que esos tipos considerarían baja cultura: el serial, el pulp, los primeros tebeos de aventuras, las películas de bajo presupuesto de los años 30 y 40. Con el cambio de década, esta cuarta entrega amplía la paleta referencial: ahora, el universo del héroe está regido por la cultura popular de los años 50, con la revolución del rock, la era atómica y el pánico rojo como ejes centrales. Hay una idea magistral que sustenta la amenaza de la agente Spalko (arrebatadora Cate Blanchett): su plan para introducirse en la mente de los norteamericanos gracias a tecnología alienígena es un homenaje inteligentísimo a todas esas películas de serie B cincuenteras que utilizaban marcianos para hablar de comunistas. Al final, “El reino de la calavera de cristal” es una sensacional cinta B de platillos volantes, en la que también hay espacio para la aventura, el reencuentro y un epílogo donde cada mínimo gesto está lleno de carga simbólica, casi mitológica. En suma, una película en la que el verdadero fan querría quedarse a vivir.

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LOST Semana de reflexión


Como es habitual, si no has seguido la cuarta temporada de “Perdidos” es mejor que dejes de leer, pero sí que podrás ver vídeo, nada más y nada menos que lo nuevo de J.J. Abrams.

Una vez más Benjamin Linus se ha metido a la boca del león y no tardó ni dos segundos en recibir el primer hostión. John está apunto de descubrir uno de los grandes secretos. Los Oceanix Six están en diferentes frentes, muy lejos los unos de los otros. Michael, Jin y ¡Desmond! frente a una cantidad de C4 que acojona bastante, ¡Ah! y claro, ahora sabemos que Jesucristo no es un arma. Así es como nos dejó la primera parte de tres de “There’s no place like home”, o sea la season finale que nos da, como dice el título del post, una semana de reflexión. Será el próximo 29, de este lado del Atlántico el 30, cuando podremos ver finalizar esta cuarta temporada que para un servidor está resultando la mejor, para muestra un par de capitulazos, “The constant” y “The shape of things to come”. Por suerte para abrir apetito tenemos el trailer de la próxima serie de J.J. Abrams, “Fringe”, que hace que muchos lostfans como servidor a veces se digan así mismos la última frase de la protagonista, “Solo quiero que las cosas vuelvan a ser como antes”, pero como bien nos dice ¡Abaddon!, “No creo que puedas”. Touché.

Si te caía bien Kevin Bacon, ahora vas a tener una buena razón para temerlo, porque se erige fiscal, juez y jurado en la película más turbia y brutal de la cartelera.

“Hola, soy Chuck Norris, actor panochita de películas… no son precisamente comedias románticas, ¿sabes lo que te quiero decir?”. El último testimonio (o celebrity) de Muchachada Nui lo deja claro desde el primer momento, y “Sentencia de muerte” también: si lo tuyo no son las hostias como panes, quizá sea mejor que te inclines por otro de los estrenos de la semana, como “Una chica cortada en dos”, inteligente y sofisticada comedia de un viejo zorro como Claude Chabrol. En cambio, si eres más de la onda del bueno de Chuck, sabrás exactamente qué es lo que te vas a encontrar en una película que bien podría haber protagonizado otro macho de los 80, Charles Bronson, artista de la venganza que encontró su hogar natural en el videoclub de barrio y en las cadenas locales. Porque “Sentencia de muerte” no es ni una parodia ni un homenaje al cine de Bronson: es una revitalización pura, transparente y con todas las cartas sobre la mesa. En efecto, no es precisamente una comedia romántica.

El director James Wan (“Saw”) se ha presentado al examen del Instituto Bronson de Justicieros Cinematográficos con unos apuntes prestados y llenos de erratas, pero eso es parte del encanto de una película que, de ser analizada bajo otra perspectiva que no sea el puro escapismo, podría dar lugar a conclusiones equivocadas (si al protagonista de “La ley de Murphy” le hubieran dado un dólar cada vez que alguien le llamó fascista…). Aquí lo que verdaderamente importa es el recital de intensidad que imparte Kevin Bacon, hombre corriente convertido en colérico vengador por culpa de unos malhechores que, tarde o temprano, acaban recibiendo su merecido. No hay nada más (y nada menos) que cine sucio y salvaje en su espiral vengativa, pero es posible que nuestras pantallas necesiten de vez en cuando un huracán de mal rollo para barrer tanta ñoñería. Si no es tu plato preferido, recuerda: “Una chica partida en dos”, no hay sangre, no te hará sentir mala persona, sale Ludivine Sagnier.

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Los hermanos Wachowski conjugan pasado (el candoroso anime “Meteoro”) y futuro en la superproducción más fascinante y radical del verano cinematográfico: la amarás o la odiarás, pero tienes que verla.

En “El castillo de Cagliostro” (1979), uno de los primeros largometrajes del maestro de la animación japonesa Hayao Miyazaki, una persecución de coches suponía un derroche de imaginación visual sin precedentes y, pese a estar calculada al milímetro, podía tener la misma energía que una enloquecida jam session. No es casual que los Wachowski hayan acudido a ella a la hora de configurar las influencias rectoras del complejo, casi inabarcable universo de su “Speed Racer”, en el que las claves estéticas y conceptuales del anime se alían con la lógica del cine de acción (modelo Joel Silver) y los códigos rectores de los videojuegos de conducción más avanzados. El resultado es puro arte pop para la era del cine digital, tan caleidoscópico y excesivo como el “Moulin Rouge” de Baz Luhrmann, tan extraña y fascinante como un éxito de j-pop. Para entendernos, esta es una película en la que John Goodman le planta cara a un ninja, o en la que una Christina Ricci de deliciosas facciones manga pilota un helicóptero rosa chillón.

Apostar por un sentido del humor decididamente idiota (encarnado en el siempre eficaz dúo niño gordo + chimpancé) y llevar cada escena hacia el terreno del artificio sobreactuado son, entre otras muchas, algunas de las estrategias que utilizan los padres de “Matrix” para epatar a los espectadores carcamales, incapaces de aceptar el juego de un filme que define (de manera espectacular) el aquí y el ahora, el estado de cosas de una cultura occidental cada vez más fascinada por la oriental. Como “Beowulf” o “Casshern”, “Speed Racer” se abre paso a machetazos entre la frondosa jungla que nos separa de un cada vez más cercano cine del futuro, que le dará un nuevo sentido a la teoría del tren eléctrico de Orson Welles: para los Wachowski, el cine también puede ser un Scalextric supersónico y deslumbrante.

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Multimillonario playboy con una doble vida como justiciero, el Tony Stark cinematográfico no se parece en nada a Bruce Wayne: Robert Downey Jr. es mucho más macarra, y su película, un puro chute de diversión pre-veraniega

Resulta muy difícil no leer los primeros 20 minutos de “Iron Man” como una declaración de intenciones de los recién independizados Marvel Studios. Tras varios años trabajando supeditada a unas grandes productoras que no entendían el verdadero espíritu de sus superhéroes, la división cinematográfica de la Casa de las Ideas se revela e inicia su primer vuelo en solitario con uno de sus personajes quintaesenciales. Fabricante de armas con un carisma tan acorazado como su armadura, Tony Stark tiene la suficiente complejidad (sus problemas con la botella, su controvertido papel en la “Civil War”) como para que un actor tan gigantesco como Downey Jr. tenga materia prima para componer el, hasta ahora, mejor protagonista de una peli Marvel, a años luz de Tobey Maguire y su blandito Peter Parker.

La comparación con la saga “Spider-Man” no acaba ahí: si Sam Raimi apostaba por un tono de ópera trágica, al director Jon Favreau le va más el rock. Su película se abre con AC/DC, tiene a un héroe deliciosamente canalla y mujeriego, posee tramos dotados de la energía de un poderoso riff y, en general, apuesta de forma explícita por la diversión y el placer cinéfago-comiquiero (¡esos guiños concebidos a lo grande!). Es una lástima que Favreau tenga una inventiva visual tan limitada, porque conoce el material de partida como la palma de su mano, y ese sentimiento es contagioso. Con todo, estaríamos locos si le negáramos el pan y la sal a una superproducción en la que hasta una ganadora del Oscar como Gwyneth Paltrow parece pasárselo en grande: “Iron Man” y Robert Downey Jr. han terminado el calentamiento y nos han contado una sólida historia de orígenes. ¡Solo Stan Lee sabe de lo que serán capaces en la segunda parte!

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my opinion: a. cierto es que billy w. debería moderar mas su lenguaje. de hecho también se le deberian borrar...

Luna: krizia, soy inca la hija de jorge…no se si te acuerdas estoy impresionadisima… cuanto trabajo! olee...

Noel: Billy, caballero, no sé de qué demonios habla. ¿Qué me ha desmontado? ¿Qué se le ha censurado? Yo opino...

BillyWalsh: Por supuesto si no escribria en vano, algo que no me suele apetecer, The Prestige algo que el mismo Nolan...

Vic: “decir que The prestige es una adaptacion fallida es demostrame que jamas supiste algo de cine” Pero...

Yolanda Muelas: Hola Billy, cuidado con lo que dices si no sabes de lo que hablas. Aquí nadie censura nada (como...

billy: que no chaval que no , por mucho que censures y sigas quitando opniones libres, No tienes ni puta idea, no te...

Billy Walsh: O sea, te puede o no gustar Begins , eso es cuestion de gustos y en ese tema no entro pero decir que The...

no. 2: lieber otto, como dijo ortega: “no es eso, no es eso”

s: ya está visto.







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