“Conversaciones con mi jardinero” convirtió a Jean Becker en un nombre a tener en cuenta, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Lejos de repetir la fórmula que lo encumbró, el director apuesta ahora por el melodrama raro y bicéfalo.
El cine francés es único a la hora de describir la crisis existencial del hombre (de mediana edad) moderno: si “El empleo del tiempo” convertía un asesinato psicópata en un mero trámite para mantener un simulacro de statuo quo, “Dejad de quererme” tiene toda una primera mitad que podría pasar por una versión sofisticada de “Un día de furia”. La única diferencia es que el protagonista del filme de Joel Schumacher reaccionaba contra la sociedad en pleno, mientras que el personaje de Albert Dupontel dirige su rabia autodestructiva hacia su entorno más inmediato. Una cena será el escenario elegido para romper, de manera espectacular, todo vínculo emotivo con sus familiares y amigos: si “Dejad de quererme” se hubiera quedado ahí, sería una película tan perturbadora como memorable.
Por supuesto, las intenciones de Becker iban por otro lado: la segunda parte de esta cinta bicéfala, escrita por el guionista invitado François d’Epenoux (autor de la novela en que se basa), es un retorno a los ambientes bucólicos y la poética pausada que caracterizan al director francés. Así, “Dejad de quererme” no es un drástico cambio de sentido, sino un mero desvío temporal: una vez que las razones del protagonista comienzan a tener una (insuficiente) explicación, queda claro que estamos ante un melodrama ejemplar, pero melodrama al fin y al cabo. Quizá lo más interesante sea ver a Dupontel, cómico de gran éxito en Francia, logrando hacer creíble un personaje tan inusual: si alguna vez hay remake norteamericano, que le den su papel a Will Ferrell y que, por favor, no se empeñen en buscarle motivos mundanos a su día de furia.



