No hay nada que temer, pues el nuevo largometraje animado de DreamWorks no es una aventura infantil ni una broma posmoderna, sino una notable película de artes marciales.
El superéxito del primer “Shrek” sentó un precedente algo dañino en la división animada de su productora, que desde entonces se empeñó en hacer fotocopias cada vez menos eficaces de esa fórmula (humor referencial para los padres + moraleja disneyiana algo disimulada para los niños) que tan bien le fue al ogro verde. Uno de los peores ejemplos de esta estrategia fue “El espantatiburones” (2004), espantosa aventura bajo el mar en la que, no obstante, se puede encontrar el germen de “Kung Fu Panda”: no solamente porque en su reparto de voces coincidían también Jack Black y Angelina Jolie, sino porque su arco argumental, basado en el pez fuera del agua, funciona bastante mejor en la China mítica que en el fondo del océano. Así, “Kung Fu Panda”, con sus gags basados en los personajes antes que en el codazo cómplice al espectador adulto, se perfila como la mejor peli de animación DreamWorks desde “Antz” (1998).
El secreto de su triunfo no hay que buscarlo en la rutinaria trama ni en unos chistes simplemente correctos, sino en el espíritu de diversión honesta y transparente que recorre el conjunto, desde unos créditos iniciales en dos dimensiones que recuerdan al “Samurai Jack” de Tratakovsky hasta una batalla final espectacularmente coreografiada (de hecho, “Kung Fu Panda” tiene algunas de las mejores peleas de los últimos tiempos, independientemente de que estén protagonizadas por animales). Tampoco hay que pasar por alto el poder de los pequeños detalles, ya sea en forma de poesía digital (la muerte del maestro Oogway alcanza un nivel de sutileza y brillantez que creíamos patrimonio exclusivo de Pixar) o a través de unas voces increíblemente acertadas: Black da todo un recital como el panda protagonista, pero son Dustin Hoffman e Ian McShane los que verdaderamente acaban robando la función.



