Los miembros de un jurado deben decidir si un joven es culpable o no del horrible crimen del que se le acusa. Hasta aquí, más o menos, llegan las similitudes con el clásico de Sydney Lumet: esto es “Doce hombres sin piedad” como nunca antes la habías visto.
El texto teatral de Reginald Rose, excelentemente canalizado en 1957 por un director y una docena de actores en estado de gracia, ya se ha convertido casi en una situación típica, en algo que un crítico pedante podría calificar de relato mítico de nuestro tiempo, pero que quizá no sea otra cosa más que un cliché. Así, hemos visto recreaciones de “Doce hombres sin piedad” en los lugares más insospechados: aquel episodio de “Los Simpsons” en el que Homer votaba ‘inocente’ para poder pasar una semana gratis en un hotel, un especial de navidad de “Veronica Mars”, incluso una celebrada parodia de “Muchachada Nui” con Paris Hilton. A estas alturas, cabría preguntarse si queda algo que añadir sobre el texto original. El veterano director ruso Nikita Mikhalkov, ganador del Oscar a la mejor película extranjera en 1994 por “Quemado por el sol”, opina que sí, pero no ha optado por el camino fácil: su remake, “12”, es un áspero drama psicológico al que conviene acudir preparado para vivir una experiencia algo extenuante.
Quizá en un arrebato de megalomanía, Mikhalkov expande las deliberaciones del jurado hasta llegar casi a los 160 minutos (el original de Lumet duraba hora y media), por no hablar de sus traiciones manifiestas a esa fundamental y única regla no escrita de “Doce hombres sin piedad”: que la acción no abandone nunca la sala donde se reúnen los protagonistas. No obstante, pronto queda claro que la intención no es, ni mucho menos, la fidelidad absoluta al texto de Reginald Rose, sino otra muy distinta: Mikhalkov se establece sobre el lugar común para hablar de lo que realmente le interesa, es decir, de la actual situación de su país, donde el miedo al inmigrante (en este caso, checheno), el terrorismo, la política y la compleja psicología de los personajes acaban siendo los temas principales de este concierto de cámara. “12” no está exenta de polémica (algunos críticos rusos la han tachado de pura propaganda pro-Putin), pero es una prueba bastante sólida de que aún se puede encontrar vida más allá del cliché.



