Una screwball comedy que es, a la vez, un recorrido nostálgico por los orígenes del fútbol americano. ¿Dos universos antitéticos? No si el encargado de unirlos es George Clooney.
Pese a ser un director probadamente ambicioso, Clooney ha esperado hasta su tercera película tras las cámaras para construirse un proyecto de vanidad, un traje hecho a medida que resalte sus dotes como director y protagonista. El Dodge Conolly de “Ella es el partido” es, sin duda, un personaje que el actor nació para interpretar: suficientemente convincente como capitán maduro de un equipo de gañanes que ve cómo una joven estrella universitaria (John Krasinski) le empieza a quitar protagonismo… y a su chica (Renée Zellweger, que pone su delicadeza al servicio de una reportera arquetípica de la screwball comedy). Entonces, ¿es esta la película que Clooney nació para dirigir? Desgraciadamente, no: de hecho, se queda un paso por detrás del esplendor de “Confesiones de una mente peligrosa” y “Buenas noches, y buena suerte”.
Puede que el problema sea, precisamente, que la estrella de la saga “Ocean’s” no decidiera dejar el guión en unas manos con más experiencia en esto de dirigir comedia: su carisma frente a la pantalla está tan bien sintonizado como siempre, pero su talento para orquestar gags no está a la altura. Eso sí: los fans de la versión norteamericana de “The office” se congratularán al ver la consagración definitiva de Krasinski, que convierte su pelea con Dodge Conolly en un recital de humor físico increíblemente sofisticado. Al final, “Ella es el partido” se acaba pareciendo mucho a la que, probablemente, fuera su referencia de cabecera: “Crueldad intolerable”, de los hermanos Coen. O sea, que no es para nada una mala comedia (una con chistes de vacas nunca puede serlo), pero quizá sea mejor que el Clooney director abandonase los proyectos de vanidad y se centrase en lo que tan bien hizo en sus dos primeros trabajos: contar el lado oscuro de la cultura popular norteamericana y dejar su ego fuera de la ecuación.



