Hace ya dos semanas que el australiano Scott Matthew se acercaba por aquí (Madrid y Barcelona) para presentar su recién estrenado primer álbum. Pero el tiempo o mejor dicho la falta de tiempo me ha impedido hablar de él hasta ahora. Y sin embargo, y con el concierto aún fresco en la memoria, no quiero dejar de hacerlo, pues su disco es una auténtica maravilla, un trabajo que suena frágil y poderoso a la vez, lleno de matices y pequeños detalles; pura orfebrería sonora de una belleza aplastante, de esa que solo un puñado de artistas es capaz de transmitir. Entre el folk y el pop de cámara, la música de Scott Matthew sana hasta los corazones más afligidos.
Desde que su álbum salió a la calle las comparaciones con Antony Hegarty no se han hecho esperar. Y no es extraño: ambos lucen unas pintas peculiares, tienen una voz tremenda que llevan al límite y que te pone la piel de gallina y sus canciones, introspectivas y delicadas, te llegan al alma. Y sin embargo sería injusto quedarse simplemente ahí, pues Scott Matthew aún en la misma órbita que Antony, brilla sin duda con luz propia. Tiene algo muy especial este chico australiano que marchó hace ya un tiempo a Nueva York a probar fortuna con la música, ese brillo en sus ojos le delata, ese saber estar delante del público, sus gestos y maneras. Emocionante es una palabra que se usa a menudo para referirse a las cosas más nimias, no debería ser así. Emocionante es estar en la Sala 3 de Razzmatazz con Scott Matthew y los suyos apenas a un par de metros de ti, emocionante es escuchar “In the end” o “Surgery” en un silencio sepulcral aunque la sala estuviese llena hasta arriba, emocionante es el chelo envolvente de “Habit”, el piano arrebatador de “Ballad dear” y “Abandoned”. Y su voz, esa voz a punto de romperse capaz de conseguir que se te haga un nudo en la garganta.
Scott Matthew es muy grande. Ya lo intuíamos cuando escuchamos sus canciones en la banda sonora de “Shortbus” pero ahora lo sabemos con toda seguridad.


