Si te caía bien Kevin Bacon, ahora vas a tener una buena razón para temerlo, porque se erige fiscal, juez y jurado en la película más turbia y brutal de la cartelera.
“Hola, soy Chuck Norris, actor panochita de películas… no son precisamente comedias románticas, ¿sabes lo que te quiero decir?”. El último testimonio (o celebrity) de Muchachada Nui lo deja claro desde el primer momento, y “Sentencia de muerte” también: si lo tuyo no son las hostias como panes, quizá sea mejor que te inclines por otro de los estrenos de la semana, como “Una chica cortada en dos”, inteligente y sofisticada comedia de un viejo zorro como Claude Chabrol. En cambio, si eres más de la onda del bueno de Chuck, sabrás exactamente qué es lo que te vas a encontrar en una película que bien podría haber protagonizado otro macho de los 80, Charles Bronson, artista de la venganza que encontró su hogar natural en el videoclub de barrio y en las cadenas locales. Porque “Sentencia de muerte” no es ni una parodia ni un homenaje al cine de Bronson: es una revitalización pura, transparente y con todas las cartas sobre la mesa. En efecto, no es precisamente una comedia romántica.
El director James Wan (“Saw”) se ha presentado al examen del Instituto Bronson de Justicieros Cinematográficos con unos apuntes prestados y llenos de erratas, pero eso es parte del encanto de una película que, de ser analizada bajo otra perspectiva que no sea el puro escapismo, podría dar lugar a conclusiones equivocadas (si al protagonista de “La ley de Murphy” le hubieran dado un dólar cada vez que alguien le llamó fascista…). Aquí lo que verdaderamente importa es el recital de intensidad que imparte Kevin Bacon, hombre corriente convertido en colérico vengador por culpa de unos malhechores que, tarde o temprano, acaban recibiendo su merecido. No hay nada más (y nada menos) que cine sucio y salvaje en su espiral vengativa, pero es posible que nuestras pantallas necesiten de vez en cuando un huracán de mal rollo para barrer tanta ñoñería. Si no es tu plato preferido, recuerda: “Una chica partida en dos”, no hay sangre, no te hará sentir mala persona, sale Ludivine Sagnier.



