Multimillonario playboy con una doble vida como justiciero, el Tony Stark cinematográfico no se parece en nada a Bruce Wayne: Robert Downey Jr. es mucho más macarra, y su película, un puro chute de diversión pre-veraniega
Resulta muy difícil no leer los primeros 20 minutos de “Iron Man” como una declaración de intenciones de los recién independizados Marvel Studios. Tras varios años trabajando supeditada a unas grandes productoras que no entendían el verdadero espíritu de sus superhéroes, la división cinematográfica de la Casa de las Ideas se revela e inicia su primer vuelo en solitario con uno de sus personajes quintaesenciales. Fabricante de armas con un carisma tan acorazado como su armadura, Tony Stark tiene la suficiente complejidad (sus problemas con la botella, su controvertido papel en la “Civil War”) como para que un actor tan gigantesco como Downey Jr. tenga materia prima para componer el, hasta ahora, mejor protagonista de una peli Marvel, a años luz de Tobey Maguire y su blandito Peter Parker.
La comparación con la saga “Spider-Man” no acaba ahí: si Sam Raimi apostaba por un tono de ópera trágica, al director Jon Favreau le va más el rock. Su película se abre con AC/DC, tiene a un héroe deliciosamente canalla y mujeriego, posee tramos dotados de la energía de un poderoso riff y, en general, apuesta de forma explícita por la diversión y el placer cinéfago-comiquiero (¡esos guiños concebidos a lo grande!). Es una lástima que Favreau tenga una inventiva visual tan limitada, porque conoce el material de partida como la palma de su mano, y ese sentimiento es contagioso. Con todo, estaríamos locos si le negáramos el pan y la sal a una superproducción en la que hasta una ganadora del Oscar como Gwyneth Paltrow parece pasárselo en grande: “Iron Man” y Robert Downey Jr. han terminado el calentamiento y nos han contado una sólida historia de orígenes. ¡Solo Stan Lee sabe de lo que serán capaces en la segunda parte!



