Genio insólito del retruécano visual, Michael Gondry concibe el cine como un gigantesco parque infantil. Al final de su última y deliciosa propuesta, tú también pensarás del mismo modo.
¿A quién pertenecen las películas? Mike (Mos Def), tímido dependiente ocasional de un videoclub de barrio, se verá obligado a hacerse esa pregunta cuando su desastrado amigo Jerry (Jack Black) irrumpa en el local y, debido a un extaño accidente en una planta eléctrica, magnetice todos los VHS de alquiler. Con este delirante punto de partida, muchos de sus acólitos pensarán que Gondry se ha vendido a la comedia insustancial tras acabar “La ciencia del sueño”, su trabajo más personal y, en cierto sentido, también el más insatisfactorio. Precisamente, el truco (uno de los muchos) de “Rebobine, por favor” está en parecer una cinta menor sin serlo: en los remakes caseros de taquillazos de Hollywood que los dos amigos se ven obligados a rodar para salvar el videoclub, el director de “Human nature” está ocultando toda una manera de entender el cine, e incluso la vida. Reconstruir “RoboCop” con materiales encontrados en un contenedor es toda una declaración de intenciones por parte de un mago que ha hallado el secreto para sincronizar su imaginación con su corazón.
En la fallida “Nacho Libre”, Jared Hess no supo llegar a entenderse creativamente con su protagonista, algo que se tradujo en un resultado final visiblemente desangelado. Gondry, por el contrario, sabe que la mejor manera de tratar con un talento chiflado como el de Jack Black es dejarlo hacer. El artista y el cómico están en esto juntos: la sobrenatural inventiva visual del director se complementa con una comicidad pura, casi de cartoon de la Warner (Black y Mos Def parecen estar siguiendo el manual ACME de cine amateur). Cuando las fuerzas del copyright irrumpen en la ficción, “Rebobine, por favor” se coloca en una órbita similar a la de la esperadísima “Son of Rambow” y proclama, con una energía prodigiosa, que las películas no pertenecen a los productores ni a las estrellas, ni siquiera a los directores. Las películas pertenecen enteramente a sus espectadores.



