Brooklyn, 1988. Bowie cantaba “Let’s Dance” mientras la mafia rusa imponía su reino de terror y la cocaína flotaba en el ambiente. Los buenos viejos tiempos.
Hace unos meses hablábamos de “American gangster” como paradigma de un nuevo modelo de thriller policial, que hace del déjà vu y de la referencia explícita a los clásicos su figura de estilo. Sería muy fácil incluir “La noche es nuestra” dentro de esa tendencia, pero no se debe tildar a James Gray de oportunista cuando, en realidad, parece un director nacido en la época equivocada: su breve (pero intensa) filmografía está modelada a imagen y semejanza de la sobriedad del Hollywood de los 70, prácticamente como si no hubiera pasado el tiempo desde entonces. Quizá por eso, sus propuestas acaban chocando contra las expectativas de un público más acostumbrado a la adrenalina que al ritmo pausado, las atmósferas cargadas (de gravedad) y los Grandes Temas. Así, “La noche es nuestra” defiende unos valores que podrían malinterpretarse como conservadores, cuando en realidad son eternos, shakespearinos: la familia, la redención, el pecado, el honor. En suma, poca broma con una película madura y profunda hasta la médula.
La galería de fotografías reales que enmarcan la acción coloca a “La noche es nuestra” en una órbita muy similar a la del aún inédito documental “Cocaine cowboys”: ambos trabajos son crónicas de las guerras del narcotráfico en la Norteamérica de los años 80, centradas más en las vidas de sus protagonistas que en el balance final. Así, Gray prefiere los primeros planos al gran angular, el drama de personajes a las escenas de acción, en una estrategia harto inusual para los tiempos que corren. No obstante, el filme también sabe pegarnos a la butaca cuando se lo propone: una persecución de coches bajo la tormenta, una agobiante infiltración en los laboratorios de la droga y un poético clímax final puntúan este oscuro drama familiar, en el que dos hermanos situados a ambos extremos de la ley (intensos Joaquin Phoenix y Mark Walberg) deberán negociar sus posibilidades de redención en un Nueva York que se mueve a ritmo de “Heart of glass”. La imponente mirada de Robert Duvall podría ser la perfecta metonimia de una película que parece llegarnos directamente de un pasado donde todo era más solemne.
¿No tienen la sensación que la literatura española actual, la mediatizada, la de los mass media, son como los funcionarios de su Ayuntamiento que aunque haya cambio de gobierno, siempre son los mismos? Pues eso me ha ocurrido a mi estos últimos años con los escritores nacionales.
Mi interés hacia nuevas formas narrativas, me llevaba directamente hacia Norteamérica para leer novelas frescas e innovadoras y con capacidad de análisis y crítica del mundo que vivimos. Autores como Pynchon, Roth, DeLillo, Foster Wallace, Chuck Pallahnuck, Chabon, etc., se encuentran en un lugar preferente en mi biblioteca personal por hacerme pensar y mirar con espíritu crítico la sociedad que nos han impuesto.
Estos últimos años comencé a leer novelas de jóvenes escritores españoles como Gabi Martínez (”Ático”), Javier Calvo (”El Dios Reflectante”), etc, y descubrí que eran diferentes, sí algo nuevo, algo que buscaba desde hacía mucho tiempo. Su actual repercusión en los medios ha sido gracias al esfuerzo de estos escritores/bloggers que han sabido de manera magistral conectar con un lector ávido de otro tipo de novelas y lo más difícil han atraído el interés de las revistas y suplementos literarios más comerciales del país, (Babelia, El Cultural, etc.) El gran trabajo de difusión se lo deben en gran medida al trabajo de Fernández Porta (”Afterpop”) y Vicente Luís Mora (”La Luz Nueva”) y a los señores Ortega y Ferré, (”Mutantes, narrativa española de última generación”), mediante deliciosas hojas de ruta que nos confirman que lectores como yo no estábamos mal encaminados. Han hecho un trabajo similar al de Dave Eggers en EEUU y lo han conseguido.
“Nocilla Experience”, de Agustín Fernández Mallo (Alfaguara), es la segunda entrega de la Trilogía “Proyecto Nocilla”, la primera fue “Nocilla Dream”, que editó Candaya. Sinceramente, me gusta más si cabe, esta segunda parte que la primera. “Nocilla Experience” es una novela impresionante. Hay fragmentos memorables, de una asombrosa inteligencia, (me quedo con el fragmento nº 18, entre otros). Emocionante, excitante, divertida, deseas que nunca acabe. Es postmodernista a rabiar, muy pop y actual que a la vez cercana. Desde aquí mis felicitaciones al señor Mallo.
La novela es radical en su composición, avisados están, luego no se quejen, (ya sabemos que lo vanguardista no es nuevo, léase a Borges, ¿y?). A partir de ahí, disfrutarán de historias intermitentes con interferencias culturales de todos los ámbitos, (cine, música, física, matemáticas y pura literatura), descripción atroz de la realidad. Es un compendio de extraordinarios personajes dentro de historias bellas y radicales, sin límites, sólo el azar del parchís como límite. La nueva era ya está aquí, ¡agárrense!, momentos históricos nos avecinan. Yo ya tengo palomitas.
Ya con solo ver las imágenes de estos peluches hace que queramos vender nuestra alma al diablo por tenerlos, pero al saber que emiten los mismos ruidos que en el videojuego ya es para que corramos como unos desesperados a por nuestras visas.
Y es que, ¿quién no ha soñado con pisar a un Goomba? Al hacerlo escucharemos el característico ruido que hacían al saltar sobre ellos. Con la estrella escucharemos la música esa acelerada que nos hacía apretar los dientes mientras acabábamos con todo lo que se nos cruzaba por delante. Y cada vez que demos un golpe al bloque de interrogación oiremos el sonido de las monedas. Para haceros con ellos solo tenéis que ir aquí.
No sé a vosotros pero a mí me emociona ver la primera colección de alguien, sobre todo si apunta maneras tan interesantes como ésta. Manu Gómez es el artífice de Cruz Castillo, y aunque esta es su primera incursión en la moda como diseñador, su trabajo siempre ha estado relacionado con ella, pues él es quien firma, por ejemplo, los prints de El Delgado Buil, sin contar que además también ha trabajado con gente como José Castro, Elisa Amann o Jordi Labanda.
Así que no, no es un recién llegado, pero sí, esta es la primera colección que firma (por cierto se llama Creo que en ti, ¿no era eso una canción de Miguel Bosé?) y, claro, nervios siempre hay. Tampoco muchos imagino, porque según cuenta él mismo las críticas recibidas han sido muy buenas y eso siempre tranquiliza un poco. La presentó hace ya unos días, coincidiendo con el 080, en la tienda que El Delgado Buil tiene en la calle Lledó, en Barcelona. Y lo primero que piensas al verla es, por este orden, 1/ qué hippie, 2/ ¿qué rollito místico es este?, 3/ pero qué chula y 4/ tiene algo de Romain Kremer. Luego hablas con él y te das cuenta de que por ahí iban los tiros. Porque si le preguntas en qué se ha inspirado a la hora de trabajar la colección te dice: 1/ vi “La montaña sagrada” de Jodorowski y fue importante (me lo creo), 2/ descubrí a Romain Kremer (claro) y 3/ me encantó la primera colección de Postweiler Hauber, muy inspiradora (esto no lo veo tan claro…). Acude a lo que le dijo Leticia de Modorra cuando le pides que te defina lo que ahora cuelga de las perchas y dice: “Ella describió la colección como algo newhippiecool”. Y no voy a hacerlo mejor así que ahí queda eso. Ideal para vestir cualquier tema de Devendra Banhart o mejor aún de MGMT, la última sensación bizarra que nos llega desde Nueva York aupada ya a hype de la temporada.
Bien por Cruz Castillo y bien porque todavía sigan saliendo, aunque muy de vez en cuando, propuestas como ésta.
No hemos parado de especular en quién será el ganador del blockbuster veraniego, si Indy o Hulk o alguno de los dos hombres gadget, Bruce Wayne o Tony Stark. ¿Y si al final el que se impone es un gadget en sí mismo? En Junio (USA) llega Wall-E, la nueva producción de Pixar.
Ya solo saber que es una producción de los creadores de “Los Increibles” hace que confiemos ciegamente en el proyecto, pero es al ver el trailer donde realmente nos damos cuenta de lo genial que puede llegar a ser esta película. Así que ya no es importante saber si el simpático robot batirá en taquilla a los ilustres héroes antes mencionados, sino si osará quitarle el trono nada más y nada menos que a R2-D2. Vale, no me crucifiquéis, eso es casi imposible pero visto lo visto si que se puede acercar.
Por si alguien tenía alguna duda, Steve Carell es único a la hora de ponerse serio sin dejar de ser divertido, y esta pequeña tragicomedia romántica no es más que otra prueba de ello.
Desde que fuera torturado (de un modo increíblemente gracioso) por la ira divina de Jim Carrey en “Como Dios” (2003), Steve Carell ha ido labrándose una carrera como cómico todoterreno que, hasta ahora, ha tenido sus puntos álgidos tanto en el medio televisivo (es la estrella indiscutible de la versión norteamericana de “The office”) como en el cinematográfico. Sin embargo, no ha podido resistirse a demostrar su valía como actor “serio”, esa gran enfermedad que sufren los actores de comedia actuales: tras aceptar un papel secundario en “Pequeña Miss Sunshine” (2006), Carell presenta una comedia romántica y filo-independiente como contrapeso a su inminente remake del “Superagente 86”. La buena noticia es que “Como la vida misma” es una de esas historias inteligentes y deliciosas que Steve Martin hubiera protagonizado hace veinte años. La mala noticia es que los fans de Carell quizá prefiramos escucharlo en su otra película en cartel, “Horton” (2008), donde se muestra mucho más libre y alocado.
Contar con Juliette Binoche como interés romántico en tu filme de humor es toda una declaración de intenciones. En efecto, “Como la vida misma” está más cerca de la capacidad de observación de Woody Allen que del modelo Sandra Bullock, aunque el amor que el director Peter Hedges y el guionista Pierce Gardner profesan por sus personajes está libre de toda distancia irónica. Es difícil resistirse al carisma de Dan Burns (Carell), columnista de un periódico local que tiene que luchar contra sus sentimientos hacia la novia de su hermano (Dane Cook, otro cómico en plena cruzada por ser tomado en serio) en el marco de una interminable reunión familiar, sobre todo por la madurez con la que los cineastas afrontan el dilema de un buen hombre que debe dar consejos amorosos a su hija adolescente… cuando él se encuentra prácticamente en la misma situación. Al final, por pura lógica de romanticismo cinematográfico, “Como la vida misma” traiciona a su propio título y acaba siendo un poco más grande que la vida, pero nadie le puede negar a una cara como la de Steve Carell la oportunidad de ser feliz.
Que hoy en día todos queremos que tener una cámara de vídeo y una fotográfica es una obviedad, bueno, pues los de Sanyo nos dan 2×1 con su Xacti DMX-CG9. Una cámara compacta con sensor CMOS de 9,1 megapíxeles que nos permite también hacer fotos de 12. Cuenta con pantalla giratoria de 2,5 pulgadas y las hay disponibles en tres colores, rojo, negro y blanco.
Tarde o temprano había que hablar de ellos en un espacio como este. El ensayo, va por delante: excelentemente escrito y utilísimo de José Miguel G. Cortés titulado “Gilbert & George, escenarios urbanos”, nos da la oportunidad de hacerlo. El libro apareció en un momento idóneo, finales de 2007, coincidiendo con la exposición que la Tate Modern de Londres ofreció sobre la obra de estos singularísimos hijos de la Gran Bretaña (aunque uno de ellos nació en Austria) y perfectos representantes del underground inglés. A mí me parecen como unos Warhol europeos menos fashionables y mucho, muchísimo más corrosivos, más listos para los tiempos que corren.
Son dos hombres irreductibles que se reducen a uno. Son Gilbert Proesch (1943) y George Passmore (1942) que decidieron comportarse como siameses en 1967 y así siguen. Viven juntos desde entonces, hacen todo juntos y lo que les hace sin duda únicos: crean juntos. Vestidos iguales, con trajes clásicos y sencillos, son la viva imagen de la más pulcra de las normalidades y el más recalcitrante de los conservadurismos. Ningún detalle en su aspecto ni en sus formas hace sospechar nada transgresor o excéntrico pero resultan inquietantes en grado sumo. Actúan como verdaderas esponjas urbanas, alimentándose de todo, fagocitando su entorno y devolviéndolo en imágenes de las que decir que provocan es no decir casi nada, quedarse en la superficie. Su arte no ha dejado títere con cabeza por reflejar de la sociedad en la que viven: religión, fanatismo, publicidad, moda, política, violencia, homosexualidad, terrorismo, … Se les ha acusado de blasfemos e incorrectos. Pero como suele ocurrir con este tipo de artistas han pateado lo establecido y lo establecido ha acabado por rendirles homenaje.
G&G se implican de tal manera en su obra que casi siempre forman parte de ella físicamente (esculturas vivientes, recurrente presencia de sus fotos en sus montajes, protagonizando su videos…). Han llegado a una absoluta fusión entre el artista y su arte. Sus caras y sus cuerpos, vestidos o desnudos, pueblan toda su obra reproduciéndose como fotocopias infinitas. Burla burlando el academicismo, siempre huyen de los ambientes cool de los entendidos. Al parecer, el interés de Gilbert y George por la cultura urbana responde a la voluntad de hacer “arte para todos”, que “trascienda las barreras del conocimiento y hable directamente a la gente sobre su vida y no sobre sus conocimientos de arte”.
Caleidoscópicos, fragmentarios, frenéticos… ¿Una pequeña pista de su discurso artístico? En una de las entrevistas que reproduce el libro explican una de sus obras más polémicas: un cruz hecha de mierda. En su opinión son muchos los que se mueven alrededor de ese símbolo sin ningún respeto y sin que pase nada. Les parece que una cruz de diamantes es igual de inmunda que una de excrementos. Si Dios es algo también es mierda, creen. Dos tipos imperturbables que, sin embargo, son capaces de pasar por todos los estadios emocionales, alrededor de los que gira Londres, Inglaterra, el mundo,… todos los escenarios urbanos. Leer el ensayo de José Miguel G. Cortés nos ayudará no sólo a conocerlos sinó a reflexionar sobre el arte de vanguardia, hoy, ahora.
Como de costumbre aprovecho el libro para escribiros unas palabras sobre la editorial. Nerea es un sello vasco avalado por veinte años de sólida tarea y que no defrauda a los buscadores de libros de calidad sobre historia, arte y arquitectura. Su catálogo brilla con títulos imprescindibles como “La psicología de los objetos cotidianos” de Donald A. Norman, que registra ya su tercera edición castellana. Merecen destacarse la colección Mujer en la Historia y Arte Hoy, a la que pertenece el libro reseñado aquí, y que ofrece, a un precio interesantísimo, hasta el momento 21 estupendos títulos monográficos.
Los de Casio están celebrando el 25 aniversario de sus clásicos e inmortales G-Shock. Y para compartir el festejo han decidido resucitarlos con estas ediciones limitadas. Así que si los queréis, corred porque como dicen en su web “once they’re gone, they’re gone”.
La flamante ganadora del Oscar a la Mejor Película Extranjera supone una mirada distinta al horror de los campos de concentración, tan aclamada internacionalmente como maltratada en su Austria natal.
Hay una parcela concreta del Holocausto que el cine no ha tratado lo suficiente: el drama del superviviente, del que siguió adelante y dejó atrás a sus compañeros. Ese era el dilema que atormentaba al padre de Art Spiegelman en la monumental novela gráfica “Maus”, que se sumergía como ninguna otra obra de ficción en la conciencia de un superviviente al que, probablemente, se le aparecían rostros que no quería volver a ver cada vez que cerraba los ojos. Los primeros minutos de “Los falsificadores” exponen la cuestión de una forma muy inteligente: una noche de alcohol, lujo y dinero rápido en Monte Carlo se ve matizada por la inquietante presencia de unos números en el antebrazo de nuestro protagonista. La mirada perdida del antihéroe Salomón Sorowitsch (Kart Markovics) es la de un hombre que ha salido del abismo pero, de algún modo, aún sigue en él. Siempre seguirá en él.
Basada en un hecho real, “Los falsificadores” se distancia de la Película Holocausto convencional en su manera lateral de reflejar el horror. Al director Stefan Ruzowitzky le interesa más el tormento interior de Sorowitsch, maestro del fraude al que los oficiales nazis proponen un trato: a cambio de ayudarles en su ambicioso plan para desestabilizar la economía de los aliados (gracias al nada sutil método de falsificar dólares y libras esterlinas), ellos le trasladan a unas instalaciones cercanas al lujo… pero desde las que no puede evitar escuchar los gritos de dolor de sus compañeros al otro lado de la valla. “Los falsificadores” se construye casi como un thriller moral, con sus escaladas de tensión y sus momentos climáticos, pero no por ello deja de ser completamente respetuosa con el material que trata. Entonces, cabe preguntarse por qué ha sido tan mal recibida en su país de origen: tal vez, alejarse del relato humano y plantearse el precio de la supervivencia en un contexto atroz sea una estrategia demasiado intrépida para una Película Holocausto, pero, como el tío Oscar ha demostrado, merece la pena probar algo nuevo.