El director bilbaíno Álex de la Iglesia se enfrenta a su segundo proyecto rodado en inglés con el escritor Guillermo Martínez en la guantera, Hitchcock en el maletero y Elijah Wood en la recámara.
No deja de resultar paradójico que el hombre que nos describió la anatomía de un desastrado “Crimen ferpecto” (2004) haya optado, casi a renglón seguido, por todo lo contrario: indagar en el crimen concebido como ciencia pura, como una progresión matemática escrita con sangre en lugar de con tiza. “Los Crímenes de Oxford” podría parecer, a simple vista, una traición por parte de De la Iglesia: su habitual sentido del humor, grotesco y esquinado, se encuentra supeditado a una corrección formal casi hitchcockiana, haciendo que muchos se lleguen a preguntar si el autor de “Muertos de risa” (1999) no se habrá tenido que volver algo impersonal para comerse el mercado internacional. No obstante, al espectador atento no le costará demasiado trabajo descubrir yacimientos de maestría en la que quizá sea la película menos personal de su director, pero no por ello la menos interesante –ese título lo sigue ostentando la irregular “800 balas” (2002)–.
Inspirado en la novela homónima (aunque, en principio, se tituló “Crímenes imperceptibles”) del escritor argentino Guillermo Martínez, este enérgico thriller dispone sus elementos con la compleja precisión de una ecuación de tercer grado: así, el personaje de Elijah Wood se verá inmerso en una misteriosa trama de asesinatos lógicos, en la que el interés romántico (magníficamente encarnado por Leonor Watling) e incluso la compañía de un sabio profesor (John Hurt) podrán ser susceptibles de convertirse en obstáculos y/o distracciones innecesarias. De la Iglesia se siente tremendamente cómodo jugando con la ironía típicamente británica y dejando estupefacto al espectador con potentes cambios de sentido que podrían recordar a la soberbia “Perdita Durango” (1997). Pese a eso (y a la presencia de Alex Cox), “Los Crímenes de Oxford” no posee la capacidad de sorprender de aquella: su sentido del suspense es admirable, pero ningún espectador se quedará pegado a la butaca cuando entren los créditos finales.



