Hay ciudades que tienen su novela. Uno piensa en París al leer Balzac, en Nueva York al leer a Paul Auster, en Barcelona al leer a Marsé. Pero también hay calles y plazas con su curriculum literario propio. ¿Podrá ser este el caso de la calle Retorno 201, en la Unidad Modelo de Iztapalapa, una de las dieciséis delegaciones en las que se divide el Distrito Federal de México?

Con el título de “Retorno 201”, la editorial Páginas de Espuma ha publicado a Guillermo Arriaga (México, 1958). Posiblemente algún lector cinéfilo de Kultura Urbana reconoce en este nombre al guionista de “Amores perros”, “21 gramos”, “Babel” y “Los tres entierros de Melquíades Estrada”. Si uno quisiera leer al Arriaga más actual no empezaría por esta colección de once cuentos, que escribió hace veinte años aunque dio a la imprenta más tarde, sinó por títulos más recientes como “Escuadrón Guillotina” o “Un dulce olor a muerte” (Debate), y “El búfalo de la noche” (Espasa Calpe). Pero, para quien aún no el conozca como escritor, empezar por estas historias breves es un buen aperitivo que le hará desistir o continuar con los platos fuertes. En “Retorno 201”, la calle en donde creció el autor, están en embrión su temática y su estilo, además de que como piezas breves también anuncian la estructura episódica de sus historias más largas.
Arriaga, es un tipo duro que se define como un cazador que escribe, como un tipo que por defenderse del ambiente en el que creció quiso ser boxeador, o futbolista. Por su aspecto, él podría ser uno de los tipos duros de sus películas. Habla de las calles, de las peleas, de la gente vapuleada por los puños y por la vida, habla del amor, del sexo y de la muerte, sobre todo de la muerte. Arriaga es de los que creen que hay poesía en la basura y belleza en el horror. Algunos de sus cuentos hacen temer que no haya paz en la violencia jamás pero algún jirón de ternura cuelga de sus frases. Recomiendo como ejercicio interesante tratar de encontrarlo al leer “Retorno 201”. El que lo encuentre no ganará ningún viaje de tercera a Varadero, ni un reloj de imitación pero puede que se lleve el premio más gordo: aproximarse unos instantes al pasar de la vida en un rincón de México.

Un fragmento como pista:
Aquella noche regresó tarde. Yo dormía. Tocó suavemente la puerta y entró sin darme oportunidad de contestar a su llamado. Se sentó en el borde de la cama y me tomó de la mano. “No vale la pena reclamar –dijo apaciblemente– vale más comprender.” Su cuerpo no cargaba con el aroma del enemigo. Me besó en la frente y salió. Lloré: ya no me importaba entender su infidelidad, sino explicar su odio.
A partir de aquel día el semen ajeno se hizo parte de su olor, como si fuera una fragancia que partiera naturalmente de ella. Sin embargo, jamás faltó una noche a casa, ni mencionó la posibilidad de dejarme, y se hizo costumbre que me besara en la frente al llegar por la noche.


