Michael Caine y Jude Law juegan una peligrosa partida de ajedrez en un remake notable e increíblemente respetuoso con la inteligencia del espectador: definitivamente, Mankiewicz NO se está revolviendo en su tumba
No es casual que esta película de falsas apariencias y pulsiones subterráneas esté plagada de cámaras de seguridad, visores nocturnos y demás parafernalia de vigilancia tecnológica: el espectador casi siente que está espiando las actividades secretas de dos personajes que, en un escenario sumamente minimalista, ejecutan una danza ritual movida siempre entre los extremos del deseo y la humillación. Sin duda, Caine es el que se lleva la parte del león al volver sobre “La huella” sin que parezca que lo está haciendo, aunque eso no significa que Law (contenido cuando debe ser contenido, excesivo cuando debe ser excesivo) no esté a la altura de las circunstancias. Ambos consiguen que este compacto remake esté recorrido por una intensidad actoral casi electrizante: aunque ya conozcamos los ases que la trama se guarda en la manga, es un placer ver la elegancia con la que sus intérpretes ayudan a colocarlos sobre la mesa.
“La huella” es un juego de dos, pero no sólo frente a las cámaras (Caine y Law), sino también detrás de ellas: tanto el director Kenneth Branagh como el guionista de lujo Harold Pinter han sabido enfrentarse a un clásico de manera harto inteligente. El primero, mediante una puesta en escena brillantemente cerebral, que coloca a sus personajes en un espacio aséptico y esencializado, en contraste con el exceso ornamental del filme de 1972, y rehuye toda acusación de teatralidad (esto es puro cine). El segundo, con una aproximación personalísima a la obra original de Anthony Shaffer, a la que le añade un tercer acto que, quizá, sea al mismo tiempo lo más atrevido y lo más acertado de la función. Es una pena no poder comentar más a fondo los secretos de esta nueva versión, pero hacerlo sería lastimar su factor sorpresa: lo mejor es ir a verla sin miedo, que no todas las semanas se estrenan películas que nos traten con tanto respeto y nos hagan sentir menos estúpidos.




Octubre 19th, 2007 - 15:07
Pinter nos la ha metido doblada y nos ha reeditado otra obrita teatral suya, a la altura de The Birthday Party u otros tesoracos.